En el pueblo decían que había una casa donde pasaban cosas raras.
Puertas que crujían cuando nadie las tocaba.
Sombras que se movían cuando no había nadie.
Susurros que salían de las paredes como si la casa misma tuviera algo que contar.
Un clásico de los pueblos donde todo el mundo se aburre y se inventa historias para no suicidarse por hastío.
Pero lo más escalofriante era la puerta.
Una puerta negra, con un picaporte en forma de mano de hueso, que nadie se atrevía a abrir.
- Quien la abre… desaparece.
Susurraban los viejos en el bar, como si eso fuera suficiente argumento para no intentarlo.
Los niños del pueblo jugaban a ver quién se atrevía a tocarla.
Algunos la rozaban con los dedos y salían corriendo entre risas nerviosas. Otros ni eso.
Pero nadie la abriría.
Hasta que llego Lucas.
Lucas era de esos idiotas valientes.
De esos que ven un enchufe y meten los dedos solo para ver qué pasa.
De esos que les dices no vayas por ahí y van por ahí con una sonrisa de idiota en la cara.
Así que cuando le contaron la historia de la puerta, su única respuesta fue.
- Ah, ¿sí? Pues la voy a abrir.
Y todos en el pueblo se quedaron en silencio, mirándolo con los ojos muy abiertos.
Nadie le pidió que no lo hiciera.
Porque todos querrían verlo desaparecer.
La noche elegida, Lucas fue hasta la casa con una linterna.
El aire estaba pesado. Como si alguien estuviera conteniendo la respiración.
La puerta negra estaba allí, mirándola con esa presencia amenazante de las cosas que parecen hechas solo para asustarte.
Lucas tomó aire.
Puso la mano en el picaporte de hueso.
Giró la muñeca.
Y abrió la puerta.
Lo que vio adentro lo dejó sin aliento.
Era…
Era…
…una habitación.
Una puta habitación normal y corriente.
Con una silla.
Una lámpara.
Unas cortinas viejas.
Y un señor sentado en la silla leyendo el periódico.
Un señor con bata de casa, pantuflas y cara de ¿qué cojones haces en mi salón?
Lucas parpadeó.
- ¿Hola?
El hombre dejó el periódico en su regazo y suspiró con fastidio.
- Te ha costado, ¿eh?
- ¿Perdón?
- Llevo AÑOS esperando a que alguien abra la jodida puerta.
Lucas estaba confundido.
- ¿Quién eres?
- Me llamo Paco.
- Me trajeron aquí porque todo el mundo tiene miedo de lo que no conoce.
Lucas seguía sin entender nada.
Paco se levantó con calma, tomó una taza de té que estaba en la mesa y bebió un sorbo.
- ¿Sabes por qué te daban tanto miedo los monstruos de debajo de la cama cuando eras niño?
- Eh…
- Porque nunca te asomaste a mirar.
Lucas tragó saliva.
- O sea, ¿me estás diciendo que toda la historia de la puerta era solo porque la gente no sabía qué había detrás?
- Exacto. La gente le teme más a su imaginación que a la realidad.
- ¿Quieres un té?
Lucas miró a su alrededor.
Miró la lámpara.
Miró la silla.
Miró a Paco, con su bata de casa y su taza humeante.
Y empezó a reírse.
Rio hasta que le dolieron los pulmones.
Rio porque toda su vida había vivido con miedo a cosas invisibles.
Rio porque entendió que el miedo no es más que un fantasma con el que juegas a la escondida.
- Joder, Paco, eres un genio.
- No.
- La gente es idiota.
Lucas volvió al pueblo.
La gente le preguntó qué había detrás de la puerta.
Él, se encogió de hombros y les dijo.
- No queréis saberlo.
Y, por supuesto, nadie más intentó abrir la puerta.
La moraleja de la almeja.
A veces, lo que nos aterra es simplemente lo que no entendemos.
Y cuando nos atrevemos a mirarlo de frente…
Resulta que solo es Paco en bata tomándose un té.